
En el debate contemporáneo sobre las reformas económicas en América Latina, el modelo de Perú se ha consolidado como un faro de referencia para las corrientes de la política económica libertaria y neoliberal. Las principales cartas de presentación del país andino son envidiables para cualquier economía de la región: una inflación bajo estricto control, un déficit fiscal mínimo y un volumen histórico de reservas internacionales en su Banco Central de Reserva.
Sin embargo, detrás de la solidez de estas variables macroeconómicas y de un sector minero que opera como líder global, se esconde una realidad social alarmante que enciende luces de advertencia: la informalidad laboral estructural ya alcanza al 75% de la población activa.
Minería a gran escala: El motor macroeconómico
La columna vertebral del éxito macroeconómico peruano radica en su industria minera. Perú compite año tras año en los primeros puestos mundiales como productor y exportador de cobre, zinc y plata. Este flujo constante de divisas, sumado a una rigurosa disciplina fiscal y a la independencia absoluta de su Banco Central, ha blindado la moneda local (el sol) frente a las crisis de devaluación que azotan a otros países vecinos.
Para los defensores del libre mercado, este esquema demuestra que la apertura comercial, la seguridad jurídica para las multinacionales extractivas y la mínima intervención del Estado en los precios son la clave para la estabilidad financiera a largo plazo.
El reverso del modelo: 7 de cada 10 trabajadores sin derechos
El gran dilema que plantea el «milagro peruano» es su incapacidad para trasladar ese orden fiscal al bienestar de la masa trabajadora. Que el 75% del mercado laboral sea informal significa que las tres cuartas partes de los trabajadores del país operan al margen del sistema: sin aportes jubilatorios, sin cobertura de salud, sin indemnizaciones y bajo esquemas de extrema precarización.
Los analistas internacionales advierten que la minería a gran escala, si bien es un extraordinario generador de ingresos aduaneros y divisas, es una industria de capital intensivo pero de baja absorción de mano de obra directa. Alrededor de los grandes yacimientos modernos se generan enclaves tecnológicos de alta productividad, pero la economía cotidiana de las ciudades y zonas rurales sigue subsistiendo en el comercio ambulante, el autoempleo y la desprotección estatal.
Las advertencias para la región
El caso peruano deja una lección profunda para los países que buscan replicar recetas de desregulación absoluta y concentración en la exportación de recursos naturales. La estabilidad de precios y la acumulación de reservas son condiciones necesarias, pero no suficientes para el desarrollo social.
Sin políticas activas de diversificación productiva, infraestructura conectiva y reformas que faciliten la transición a la formalidad sin asfixiar al pequeño emprendedor, el crecimiento corre el riesgo de quedar encapsulado. El modelo de Perú demuestra que se puede tener una macroeconomía del «primer mundo» conviviendo con un mercado laboral donde la vulnerabilidad es la norma diaria para la mayoría de los ciudadanos.
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Con información de Página 12.




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