
El Tratado de Paz y Amistad entre Chile y Argentina celebró cuatro décadas de una consolidada relación, que cobra especial relevancia para la economía. En particular para nuestra minería, ya que a su alero fue posible lograr un instrumento de integración sectorial que no sólo constituye un pilar fundamental para la exploración y explotación de cobre, litio y otros minerales en la frontera; sino también un facilitador de sinergias, que pueden aportar sustancialmente al desarrollo económico productivo del país.
En este contexto, el Tratado de Integración y Complementación Minera entre Chile y Argentina -que suscribieron los presidentes Eduardo Frei y Carlos Menem, en 1997- ha sido una piedra angular para la ejecución de actividades mineras conjuntas. Esto, en un entorno binacional cuya línea fronteriza se puede redefinir, para conformar áreas especiales de operaciones de cada proyecto.
Dicho acuerdo, que entró en vigor hace 25 años, merece ser igual de celebrado que el Tratado de Paz y Amistad que cumplió cuatro décadas. La razón es simple: gracias a él, los países pueden redefinir temporalmente su frontera, estableciendo un área de operaciones con control fronterizo en acceso y salida por ambos lados del proyecto: uno hacia Chile y otro hacia Argentina.
El Tratado de Integración y Complementación Minera entre Chile y Argentina vino también a fortalecer la visión regional y a descentralizar las señales de integración, con la firma de dos protocolos anexos en San Juan y Antofagasta, a fines de los noventa; y con el intercambio de los instrumentos de canje para su ratificación en encuentro binacional de San Pedro de Atacama, el 20 de diciembre de 2000.




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