
La industria minera global está cambiando su estrategia: en lugar de aventurarse en territorios vírgenes, el capital está fluyendo masivamente hacia los yacimientos conocidos. El fenómeno, denominado en el sector como brownfield (campo arado), consiste en intensificar la extracción en minas existentes o reabrir aquellas que fueron clausuradas hace décadas, como ocurre actualmente con el emblemático y polémico caso de Aznalcóllar en Sevilla, España.
Según una investigación publicada en la prestigiosa revista One Earth, se han identificado 366 minas en todo el mundo que atraviesan procesos de expansión o reactivación, principalmente de cobre, oro e hierro. Sin embargo, el estudio advierte que el 78% de estos proyectos supera umbrales de alto riesgo ambiental y social.
¿Por qué reabrir en lugar de inaugurar?
La demanda de minerales para energías renovables, vehículos eléctricos e infraestructura digital crece a una velocidad que la burocracia de los nuevos proyectos no puede alcanzar. Abrir una mina «desde cero» es un proceso lento y costoso; por ello, las empresas prefieren volver a sitios donde la infraestructura básica —y la perturbación del terreno— ya existen.
Deanna Kemp, directora del Sustainable Minerals Institute y autora principal del estudio, explica que lo novedoso no es la práctica en sí, sino su escala actual. «La clausura real de las minas se está desplazando sistemáticamente hacia el futuro», afirma, señalando que yacimientos que debieron cerrar hace 20 años hoy siguen operativos gracias a nuevas inversiones.
El impacto: residuos más profundos y permanentes
Aunque la reapertura evita crear nuevas cicatrices superficiales, el estudio advierte sobre los peligros «invisibles»:
- Residuos masivos: Al agotarse las vetas superficiales, las expansiones requieren excavaciones más profundas, lo que multiplica el volumen de lodos y escombros.
- Riesgo hídrico: El crecimiento de las balsas de residuos, combinado con el cambio climático, eleva el peligro de filtraciones a acuíferos y ríos.
- Conflictos sociales: Para las poblaciones cercanas, una mina que nunca cierra significa una convivencia perpetua con la actividad industrial y posibles desplazamientos progresivos.
El caso español: De Aznalcóllar a la Faja Pirítica
España es un reflejo de esta tendencia global. En Sevilla, la mina de Aznalcóllar (cerrada en 1998 tras un desastre ecológico) busca volver a la actividad mediante minería subterránea. Un proceso similar ocurre en Cobre Las Cruces y en diversas prospecciones en la Faja Pirítica de Huelva.
Ester Boixereu, del Instituto Geológico Minero (IGME), aclara que, aunque se trate de yacimientos antiguos, «la legislación es garantista y se exige un nuevo permiso con los mismos controles estrictos que para una mina nueva». No obstante, colectivos como Ecologistas en Acción cuestionan si el beneficio económico y los empleos compensan los riesgos de reactivar pasivos ambientales críticos.
Un sistema bajo presión
La minería se enfrenta hoy a una paradoja: el mundo necesita sus materiales para ser «verde», pero la forma de obtenerlos está llevando al límite la capacidad de los entornos locales. «La pregunta es cuánto puede aguantar un determinado territorio antes de que la expansión sea excesiva», concluye el informe. La era de las minas que nunca cierran ya ha comenzado, y con ella, un nuevo desafío para la regulación ambiental del siglo XXI.
Con información de El País.







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